domingo, 4 de junio de 2017

Empecé a maullarle al gato y me miró con cara de "no seas tan boluda, por favor".


Cuando Anita era un bebé quiso ver el cielo. Me acuerdo de sus ojos como dos cristales viendo lo mismo que podía ver yo. No la iba a juzgar, era un espectáculo de cielo de tarde despejado, azul, ni una nube aparecía en la panorámica y mis ojos también eran dos cristales.
Recuerdo exacto en que la niña quiso ver el cielo, y puedo recordar perfectamente mi llanto cuando entendí de que se trataba, de que iba el cuento de poder ver el cielo, especialmente en un patio de primer piso con otros dos más arriba, en donde el firmamento era una cárcel, pequeña, de tubos grises y paredes despintadas, y la emoción justo ahí, deseándose, mirándote con ojos desnudos, esperando que la conquistaras.
La llevé a la azotea, y que viera lo injusto de algunas existencias tanto temporales como eternas, y puedo asegurar que nunca voy a estar en su lugar, nunca voy a llorar como ella, aunque lo intente, solo puedo poblarme acá con mis lágrimas, desde este lado del espacio físico, inmaculada yo e inmaculada ella, tan próxima y tan abismal de mi como yo de ella.
Su hermano no colapsó tanto con el deseo de estar ahí, no se percató tampoco del descontento de su hermana de que existía tal semejanza a la felicidad como un cielo de otoño, despejado y tan poblado de Dicha, pero puedo asegurar que podía entenderla; que la conocía, y que en la observación mínima de su hermana, él entendía los sentimientos más profundos de ella, de sus procesos, de sus actitudes y de su accionar.
Debe ser básicamente una de las leyes de las relaciones interpersonales con El Otro, de esa proximidad bastante lejana en la que soy yo con vos pero no puedo irme (de mi), ni tampoco puedo quedarme tanto a tu lado, y vivo despojándome de vos, mientras me esperás cuando me voy y sabés que vuelvo a las horas. Del entendimiento de las obviedades tan poco obvias, y de las pocas veces que nos entendimos realmente, si es que no fueron siempre autenticas, porque nos miramos y pude ver que entendías, pero las miradas pueden trivializar, o capaz no, solo vos conocías ese truco.

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