lunes, 6 de agosto de 2018




Relatos De Un Viaje De Ida 

No fue fácil lograr que mis extremidades ocupasen el tamaño de un barreño, mis 178 cm en este momento eran un estorbo, y cuanto más ausente fuese más fácil sería huir. Romi me aseguro que los señores de la barca veían con buenos ojos que ocupase lo mínimo. Más ganancias para ellos y quizás un descuento en el viaje para mí. Si lograba comer dos veces al día bendecido debía sentirme. En el campamento éramos muchos los que agradecíamos contar con alguien como Romi. Él siempre nos alentaba a continuar nuestro viaje, a buscar a más gente que se sumara a nuestra odisea.Su parsimonia era un bálsamo para nuestra desesperación. Me llevó mucho tiempo darme cuenta de su papel en todo esto, y les aseguro que no fue nada grato. En ocasiones -salvo excepciones- conocemos a las personas en las distancias…
Yo llevaba 38 días en el campamento, cuando llegaron Sakid y Fátima, lo recuerdo porque compartimos tienda hasta que llegó el día del viaje. Eran más jóvenes que yo, rondarían los 15 o tal vez los 17, pero no más. Los primeros días apenas hablaban, temían que cada palabra dicha fuese un nuevo martirio en sus vidas. Tampoco fue relevante preguntar por qué querían marchar, visiblemente eran de distintas etnias y eso ya era más que suficiente. Fátima tenía una rasgos delicados y una mirada tierna aunque no menos cansada. Los primeros dos días durmió sin descanso mientras Sakid como búho vigilaba sus sueños.
Era reconfortante para el espíritu contemplar un amor puro y cuidado en medio de un infierno, lástima que era inevitable no preguntarse si las llamas le alcanzarían en esta odisea de tantos crepúsculos incendiándose a lo lejos. Cada día me siento más alejado del sitio donde crecí, y sí algo he aprendido en este camino, es que uno se acerca más a su propio hogar cuando se aleja de su casa.
He comenzado un diario para escribir estas ínfulas notas que nacen en mis entrañas de forma tan recurrente, para poder archivar cada tramo de mi percepción sobre este leve pasadizo de vida, que ahora lo ocupa una migración a un continente que no conozco.
Despierto en una mañana otoñal dispuesta a ayudar a los míos, dando un sorbo a la taza con té que me preparó Sakid para arrullar las tristezas que me han asolado en los últimos días. Puedo afirmar que es cierto lo que dicen del cuerpo y el espíritu, y lo frágiles que somos a los pormayores de nuestra vida. Llegan y cambian todo, las decisiones y el reflejo del sol en la mirada. Puedo admitir que es tan poco provisto saber cual es la suerte de cada uno de los que estamos en este bote amontonados, que pensar simplemente en bienestar y comida son un lecho de tranquilidad para mi y mis compañeros. El tiempo anda moviendo destinos por esta tierra, y parece inverosímil pensar que soy dueño de mis decisiones en un sitio con tanta gente desconocida y tantas noticias por enterarme.
A medida que empiezo a caminar y sentir este nuevo suelo, implemento un nuevo movimiento de adaptación. Yo puedo, y yo debo saberme digno de bienestar y respeto, pero yo escucho y observo las obediencias, y los entredichos de la gente, y vuelvo a colisionar como siempre sobre mis propias baldosas, para renacer entero y querer lo que de mi queda en una nueva cultura con sus propios valores y políticas.
Los sábados que es mi día libre me gusta dormir hasta tarde con las cortinas tapando cualquier rastro de destello lumínico sobre mis ojos, para auto contemplarme recién despierto en comodidad y Dicha mientras Mirella entra galopante al cuarto, y yo creyendo que se abalanzaría sobre mi, se dirige a correr las cortinas de toda la habitación para así poder sacarme de mi cuarto en un día tan soleado para estar afuera, como ella dice en cada primavera desde hace tres años. Mirella es profesora de Filosofía y es una de las personas que esta migración al Mediterráneo me presentó tarde pero de forma inolvidable, y se ha quedado en mi vida, creciendo cimientos en una casa que pudimos alquilar juntos a finales del año pasado cuando con un especie de milagro económico pudimos rentar para poder estar un poco mejor, porque aseguro que la humedad y las goteras nunca fueron un buen compañero de morada. Sus abrazos han abatido tantos fríos y aniquilado lágrimas de miedo de Fátima desde que se han conocido, que veo en ella la empatía y la sencillez para simplemente ser necesario en la vida de otros. Mirella valora tanto el buen trato y el compañerismo en su entorno, que desvestirla es ver lo necesario a comprender para poder seguir, con un apretón de manos o con un "muchas gracias" o "bienvenida" deja entrever que no hay más nada, que no hay precio ni estándares, solo se trata de humildad.
Hago lo posible para conseguir una constancia de ciudadanía, y me mantengo al tanto de las noticias que hoy a todos nos abundan, especialmente cuando se trata de buques que llegan con gente amontonada ocupando el mínimo necesario, para saber que están pensando los ciudadanos y que acción va a estallar un nuevo pavimento entre tantas fronteras que se alejan por el odio producido por el resentimiento. Me gusta analizar, observar los trasfondos, poder debatir, no solo con mis colegas, si no con la gente que me conoce. No me dan miedo las miradas ajenas, porque aprendí que el ojo ajeno se mira así mismo en un espejo, y no puedo cargar prejuicios ajenos, si ya cargo con mis demonios que cada tanto me apuntan con un rojo en la frente y entiendo que solo me tengo a mi, y otras veces, ni siquiera a mi. Leo mucho sobre las decisiones gubernamentales, y me enorgullece el giro de este mundo masivo y tan poco cotidiano, que evoluciona y mueve mundos nuevos para los que menos tienen, de tanta unida por otros tantos que lo necesitan en una parte remota del planeta.
Sakid y Fátima estan iguales a cuando los conocí no hace mucho entre la neblina del mar de los que se van sin saber si vuelven. Solo advierto que se notan muchos más confiados en quienes son desde que los ví por primera vez, como si el simple advenimiento de tanta vivencia en poco tiempo, haya supuesto una nueva forma de enfrentarla. Fátima deja vestigios cuando habla de una serenidad trabajada y concebida, que deja latidos frescos por donde se mueve, en esa aurora de la juventud que la gobierna que un poco extraño de mis 20 años.
Sakid es un loco, y lo que más me gusta es charlar y ver como derivan nuestras conversaciones en premisas tan sabias. Sakid es inteligente y puede hablar de política, filosofía, de geografía y le fascinan los cuadros de Monet. Trabaja en una cosecha a pocos kms de donde resido ahora, y tres veces por semana me encuentro escribiendole para que se acerque a verme. Aprendí a valorar a mis amigos, no cuando me encontré en los momentos más hondos de mi soledad, si no cuando entendí que la distancia crea lazos indestructibles con las personas que uno ama, pero por razones que escapan de uno, no siempre se puede estar al lado de los seres queridos que se necesitan para seguir. Mi cabeza, un poco desatada en locura también fue reacia a valorar la amistad como sosten para simplemente poder seguir siendo yo mismo en un mundo de tantos, y la migración te toca el hombro y te dice que quizás lo unico que necesito ahora es una copa de algun vino con alguien que pueda escucharme, y no sentirme tan solo en esta ladera de mi mente.
Los seres humanos tenemos las capacidades cognitivas necesarias para poder regenerarnos dentro de nuestra debilidad, y poder salir provechosos de indeterminadas situaciones. Lo que no me mata, no debería hacerme más debil, si no más resistente a la adversidad, y la virtud que nace luego de una migración forzada por diferentes cuestiones sociales, políticas y personales de cada individuo que decide abandonar su país es única e irrepetible, y en cada individuo es una semilla, que cumple un proceso emocional que no deja de cesar nunca, porque todos somos hijos, hermano, padre, o amigo de una persona que tuvo que cambiar su vida para adentrarse en lo desconocido, tanto de una sociedad, como de uno mismo.
Mirella y Fátima tienen una relación que no he visto antes, y al comienzo me costaba entender donde ellas tenían canalizada esa sintonía tan interesante a mis ojos, pero el paso del tiempo me hizo llegar a la conclusión de que todo lo que desconocían del otro las volvía mas cercanas. Mirella pasó horas enteras despierta cuidando de los sueños de Fátima como Sakid lo hacía en el buque cuando habíamos llegado. La conocimos porque trabaja en una colectivo que tiene como objetivo generar lazos con las personas extranjeras que llegan a su país forzadas por las situaciones políticas de sus propios paises. Ella siempre llega al punto de conclusión más simple y tan justificado de que si ella estuviera en la posición de Sakid, Fatima y yo, le gustaría recibir la ayuda necesaria para poder convertirse en un ciudadano capaz de hacer uso de todos los derechos que le permitan vivir dignamente. Su forma de accionar en base a sus propios criterios solo me enseña que no importa de donde soy, ella puede comprender cada vértigo sentido dentro de mi, y se va a quedar a mi lado luchando y festejando mis propias victorias. No pensé que el camino lejos de casa me llevara a un refugio cálido que es su corazón.
La proliferación de mis ideas políticas en mi trabajo se ve, por supuesto, coartada por diferentes razones. Pues si alguien cree que la estigmatización de extranjero te permite militar tu propia migración como algo rotundo, debo decir que es todo lo contrario. La decisión de migrar a otro país no solo se trata de plantearse para consigo mismo un nuevo papel en la sociedad, si no un desarrollo de nuestra personalidad en las relaciones interpersonales que manejemos. Hasta la sensación de los abrazos cambian, y como aprendo a valorar a cada paso las cualidades que me permiten una buena estancia en este sitio donde estoy, también dejan lugar a una madurez de mi persona, de mi forma de hablar, de como expresar mis ideas y el ojo ajeno que me observa y me cuenta su propia idea de la realidad y de la mía.
No fue hace mucho que yendo a comprar medicamentos con Mirella, pudimos percatarnos de que en la plaza mayor de nuestra ciudad (porque la siento mía) estaba sucediendo una movilización por los derechos de las personas afrodescendientes, a raíz de un acto violento en un bar nocturno hace un par de meses en el centro. Sakid me comentó hace poco que cuando él estaba en su casa no le molestaba su forma de ser, porque las personas que lo rodeaban lo vieron crecer, pero que aquí sus maneras de hablar y sus mañas solo generan sonrisas amigables, o risas de incomprensión. Sakid no es más que un chico promedio de 20 y pocos años, fruto de una sociedad que a través de diferentes dogmas busca la estigmatización de lo extraño, y el aislamiento de lo incomprendido. Él podria ser el compañero de aula que se divierte con la soledad ajena, pero es aquí y ahora el extranjero que tiene que defender su cultura generando empatía con los otros para que lo respeten y lo vean como un igual, como si llamar su atención a cada momento de su jornal, no fuera más que un acto de intolerancia por parte de sus iguales. Por eso lo sigo invitando con la taza de té tres veces a la semana, en muchas ocasiones tratando de incluirlo en mis reuniones con personas por conocer, para que pueda sentirse querido y bienvenido en cualquier lugar, sabiendose a ratos un poco más viejo, como yo, como tantos a los que los zapatos empiezan a hacernos sentir pequeños, y creemos que no somos capaces de sentir pisando sobre el pavimento.
Que injusticia seguir escribiendo lo indiscutible en este cuadernito, "y seguir tratando de coserle alas a un angel que no nació para volar". A veces me digo eso cuando hablo conmigo mismo, y me parece que estoy siendo revuelto en una olla de cinismo, entre tantas miradas con desden y tantas parsimonias innecesarias.

¡Pero necesito involucrarme con esto que soy y que hice de mi! Debo saberme aquí vivo, y renaciendo a cada instante. Debo verme militando sobre toda injusticia que afecte a los que estén a mi lado. ¿Acaso debo creerme devoto de mi mismo? ¿devoto de los que vienen del mismo sitio que yo?

Ya puedo sentirme despertando después de una noche fría y lluviosa, viendo a tientas la escarcha que se amontona en la entrada de mi casa, sintiendo el calor de mi madre tan cerca, tan hondo en mi memoria de viejo anciano. Ya acaso me encuentro cansado y un poco aburrido, porque hay mucha gente sin plena conciencia de lo que conlleva ser otro, que no sea uno mismo. Pero en esa lucha contradictoria me encuentro, y me encuentro con mis hermanos, los que vinieron antes, los que vinieron después, y los que en algun momento llegaron conmigo, para pisar este suelo, y volverlo mio, con la certeza siempre de un mañana mejor para todos, sin distinción ni riqueza.



Esta historia fue realizada en conjunto por Nataly Martins (22 años), que se encuentra residiendo en Montevideo como ciudad de origen, y su hermana Vanesa Dominguez (36) que reside en Valencia, España desde el año 2007.

Escribir este proyecto en conjunto conllevó mucho valor emocional y un replanteamiento responsable sobre la estigmatización de las personas extranjeras, las políticas gubernamentales para las personas no naturales del territorio uruguayo como español, y una toma de conciencia sobre nuestro acciones hacia las personas que la sociedad excluye de forma explícita, en estos días de lucha por la igualdad entre las personas, sea el lugar de proveniencia.

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