lunes, 11 de septiembre de 2017

Locuras nocturnas

Yo tenía una amiga con la que me juntaba en el pasado, que comenzamos a tener juntadas espontaneas en las que nos divertíamos haciendo jodas a la gente, como trucos para distraerlos de su confort mental, y de paso, enloquecernos un poco el nuestro riéndonos de los desajustes que padecemos todos frente a tanto alrededor.

Recuerdo que yo estaba en un momento un poco complejo de mis relaciones interpersonales en mi entorno, entre amigos y familia, y esta excepcional amistad reflejó mi espacio de escape de tanta gente que se convierte en algo importante en esta vida, en las que en medida me importaba su lugar en mi camino. Yo no me daba cuenta de la trascendencia que tenía en mi vida, y como los momentos con ella yo alivianaba mi cuerpo lejos del estrés habitual, por lo que nunca realmente rescaté una valoración real de su influencia en mi estado de ánimo y en el momento que yo atravesaba como adolescente.

Por eso las pocas veces que esto pasa, en las que yo tengo que darme cuenta de que hay cosas sucediendo más cerca mío de lo que yo creo, las respuestas a tantas dudas en mi mente aclaran su tonalidad confusa y se vuelven más nítidas, y yo puedo comprender tanto los caminos que amanezco todos los días en este tiempo de mi vida, y la razón de ellos, sin castigarme ni glorificarme, pero con el derecho suficiente de mi ver con una mirada perspicaz y sabia a mi vida.
A menudo pasa de no entender porque pasamos por cosas presentes que generan tanta ansiedad, o porque si yo corro más rápido no termino por apurar cosas que en realidad van a llegar en el momento necesario. Porque hay gente que no está cuando en realidad ahora la necesito o la anhelo en mi vida. Eso y tanto más, que duele, confunde, y nos deja como unos niñitos llorando sin comprender mientras miramos a mamá, que en este caso tiene una presencia más omnipresente.

Hay que saber mirar.

Hay que saber mirar para poder ver. Si a menudo miráramos con una mirada objetiva, y no aniquiláramos ciertas ideas en nuestra cabeza de una manera tan personal frente a ciertas circunstancias, podríamos COMPRENDER porque el tren marcha a la velocidad que puede o debe, y no a la que uno amaría ir. Porque uno es lo que es cuando tiene que serlo, para poder desprenderse lo necesario y que sea el proceso que cada uno necesite, para convertirse en algo real, y no en trucos que no sirven, porque al final del día soy también lo que valoré, lo que conozco de los lagos más profundos de mi persona, lo que aprendí a llevar sobre mi espalda.

A veces me acuerdo de esa vieja amiga, y es como digo seguido: hay gente maravillosa.

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